¿Dónde aprendemos a dialogar?
- Sol Giannetti

- 29 ago 2025
- 6 Min. de lectura
Una tabla y cuatro patas. Una mesa. Un espacio muy especial de mi infancia. Tendría no más de diez años y, a la hora de la cena, estábamos todos. Mis papás, los seis hermanos, dos primos de Mar del Plata que habían venido para estudiar y trabajar, mi abuela Omama y los fines de semana mi otra abuela y tía abuela. En esa época me gané el apodo de "la preguntona", porque tenía una fiebre por los porqués, y era mi papá quien en la mesa nos dedicaba toda la atención. En esa mesa viví la vuelta a la democracia, la guerra de Malvinas, el mundial 78 y muchísimas navidades, cumpleaños, graduaciones y compromisos.

Obviamente, mi mesa era grande, de madera, con alas extensibles. Tenía un paño verde que se ponía debajo del mantel para que no se rayara. Se completaba con los apoya botellas, la vajilla y los servilleteros con las iniciales de cada uno. Usábamos el típico mantel a cuadros y solo uno especial, bordado a mano, en las fechas como Pascuas. Ese día nos esperaba el huevo de chocolate, con nombre en etiquetas llenas de firuletes hechas por mi mamá y tazas de melanina marrón para la chocolatada. Realmente yo me sentía en la mesa de Alicia en el país de las maravillas.

La mesa es uno de mis objetos favoritos de la casa porque es simple, funcional, no importa el material. Puede ser redonda, cuadrada o rectangular. No es importante porque todas las formas permiten vernos desde la horizontalidad. Es además un espacio potencial para que muchas cosas sucedan. Propone ciertas reglas del juego, bien diferentes a las de un escritorio (uso individual), un mostrador (transacción) o la barra de un bar. Crea una distancia óptima para mirarnos y escucharnos, respetando el espacio propio y ajeno. En la mesa se come, se bebe, se charla, se comparte, se asiente y se disiente.
A veces, las reglas son implícitas, como lo eran en aquella mesa familiar: en las cabeceras se sentaban mi mamá y mi papá. Estaba bien marcada la jerarquía. Mi hermana más chica y yo nos sentábamos al lado de mi viejo, y luego cada uno tenía su lugar fijo. Quien ponía la mesa no la levantaba. Se rezaba antes de comer (salvo cuando algún domingo había ravioles y mi tía abuela no quería que se enfríen). En general, había una sola conversación por vez y no se gritaba. No estaban habilitados todos los temas, algunas conversaciones terminaban en la cocina, con mis hermanas, en la intimidad de la mesada. Por otro lado Sofía, que vivía en casa y trabajaba como empleada doméstica desde que yo nací, jamás compartió esa mesa.
Esa mismísima mesa acompañó las conversaciones más tensas que he tenido con mis padres y que quedaron grabadas a fuego en mi memoria y en el cuerpo. Me acuerdo de cuando le dije a mi tía abuela que las cosas se pedían por favor aunque yo fuese chica y me obligaron a pedir disculpas y a retractarme por maleducada. O muchos años después, el día que les dije que me mudaba con mi novio que era ateo, actor y de izquierda y no les gustó nada. O la Nochebuena (muy oportuno lo mío) que les avisé que mis hijos no pisarían nunca más una iglesia porque Manu, que en ese momento tendría unos seis años, en medio de la ceremonia me preguntó “por qué había una persona torturada colgando de la pared”. Muchas veces sentí, en esa mesa, que era la última vez que dialogaría con mis viejos. La verdad es que el impulso era salir corriendo. Pero algo intuitivo -que tiene que ver con sostener el diálogo- me contuvo de dar ese paso de donde es muy difícil volver.
A través de tantas experiencias entendí que la mesa familiar es el primer espacio donde aprendemos a dialogar, a través de conversaciones informales, con normas implícitas. Y fue la experiencia de la mesa familiar la que sembró en mí el valor de los círculos de diálogo que hoy forman parte central de mi trabajo y de mi modelo de crianza.
Los círculos de diálogo proponen reivindicar el derecho humano a la palabra. Son una invitación a gestionar nuestros conflictos respetando algunas reglas mínimas: hablar con intención, escuchar con atención, no monopolizar el espacio y sobre todo, mantener la confidencialidad. Los círculos de diálogo en torno a una mesa son especialmente potentes porque ¿quién no se rinde ante una mesa bien puesta, con algo para tomar y comer? Incluso frente a una sobre mesa en la que solo quedan migas de pan del almuerzo y comienzan las charlas distendidas, a media máquina, mientras hacemos la digestión.
Creo que debe ser de los objetos más antiguos creados por la humanidad. Claramente no soy la primera en pensar en la mesa como dispositivo para las conversaciones, hace siglos que existe. Desde los tiempos de Platón y sus simposios, donde se filosofaba alrededor de un banquete, hasta las metodologías ágiles de hoy como el World Cafe o The Long Table. Siempre la mesa ha servido como un catalizador para la conexión humana. Mesa, conversaciones, alimento. Entendiendo a la palabra también como alimento.
Es que la misma mesa que un rato antes albergó platos con lentejas, solo con un cambio de mantel puede transformarse en un soporte para mostrar una colección de arte, como en el proyecto de Pequeñas Colecciones que hacemos en los centros de día con personas mayores. O la mesa de ping pong que también funciona, en la cárcel, como tablón de trabajo para montar la revista Resilientes del Programa Probemos Hablando. O la mesa de caoba de la biblioteca Guiraldes, donde trabajamos por años con las personas mayores de la mesa editorial de la revista Cultura en Grande. O las mesas de mediación educativa que facilitamos desde la asociación Hablemos Más, con chicos que se forman como mediadores. ¡Al final siempre termino trabajando en mesas!
Pero vuelvo a la mesa más importante de todas, la esencial. Esa en la que todo comienza. Esa que yo resignifiqué a partir de lo que aprendí en mi mesa de la infancia.
En casa, con mis hijos, es un lugar que cuidamos mucho. Es ovalada, también pongo un mantel para que no se raye. Quien pone la mesa no la saca o lava los platos. Elegimos dejar los celulares fuera, también la radio o la televisión. Nos quedamos juntos, hasta que el último termina la comida. Respetamos la escucha, intentamos no superponemos para hablar, elegir las mejores palabras para expresar una idea o cómo nos sentimos. En esa mesa aparecen conflictos y lo charlamos tranquilos, porque sabemos que es un espacio seguro donde nadie nos va a juzgar incluso cuando digamos cosas contradictorias. Es un espacio para abrir diálogos aunque sean incómodos y no vayan a ningún lado porque eso también es parte de la experiencia.
Esa mesa que tanto quiero representa el modelo de crianza que elijo, un puente entre el adentro y el afuera. Porque la crianza para mi no se trata de una tarea aislada dentro de las cuatro paredes del hogar. Criar no pertenece solamente al mundo de lo privado e íntimo sino que al mismo tiempo se inserta en lo público y compartido.
Entiendo la crianza como una manera de incidir directa o indirectamente en el espacio social, proyectando el diálogo a otras mesas posibles. Por ejemplo, varios días de la semana compartimos la mesa con los amigos de Manu. Vienen a almorzar en el entre turno porque somos la casa más cercana de la escuela. Hace poquito les propuse participar de las jornadas de TECHO para poner en práctica todo lo que están aprendiendo en la escuela técnica sumándonos además a un proyecto solidario. Se terminaron sumando 4 chicos con sus mamás. O en su momento mis otros hijos, Lucca y Mateo, se juntaban los domingos en casa con sus amigos los domingos a desayunar en casa. Y en uno de esos desayunos nació un primer proyecto de adolescencias que se llamó Auto Pistas, que me hizo dar cuenta de lo mucho que me gusta trabajar con jóvenes y que me llevó hoy hasta este proyecto espectacular que es el de Clubes TEDEd, del que soy coach y facilitadora. Son los “efectos dominó y efectos mariposa” de los círculos de diálogo, de los que a veces ni nos enteramos.
Mis hijos no creen que desvarío cuando a veces pongo un plato extra en la mesa. Lo hago como recordatorio de algo importante: para no olvidarnos de que siempre hay un otro allá afuera. Si una conversación sobre valores, sobre el amor, sobre política, sobre la profesión, es buena para nosotros, tal vez pueda serlo para otros chicos. Ese plato extra representa a cualquier adolescente que podría estar necesitando ser escuchado, querer dialogar, enseñarnos su punto de vista diferentes al que tenemos como familia o, simplemente, sentarse a cenar en nuestra tabla, con cuatro patas.







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