Libro Puente. El inventario de un mundo sin muros
- Sol Giannetti

- 28 may
- 6 min de lectura
Como parte de la Asociación Civil Hablemos Más participé nuevamente del Encuentro Anual de Mediadores "Transformación y cultura de paz" realizado en la Ciudad de Bella Vista, Pcia. de Buenos Aires, el 23 y 24 de mayo. Lo hicimos compartiendo nuestra experiencia como facilitadores del diálogo en contextos de encierro a traves del Libro Puente, la iniciativa que desde principios de año llevamos adelante en el Complejo Penitenciario Federal I de Ezeiza junto al programa Probemos Hablando.

Hace años que vamos a la cárcel para compartir círculos de diálogo y devolver, a través de buenas conversaciones, el derecho humano a la palabra. Lo hacemos en equipo, desde el programa público que funciona desde hace 12 años en la Procuración Penitenciaria de la Nación y también desde nuestra asociación civil.
Nos inventamos este puente público-tercer sector porque nadie, en este contexto, puede con todo, solo.
Y en este vaivén entre el Programa Probemos Hablando y la Asociación Civil Hablemos Más -sí, parece juego de palabras-, llevamos y traemos imágenes. Que se construyen desde el texto poético escrito y también desde el collage, el arte correo, el fanzine y cualquier otra forma expresiva que venga bien al caso. Sí, porque en la cárcel todo tiene que ser flexible y acomodarse a lo posible. Comprendiendo que absolutamente todo lo que proponemos es una excusa para lo verdaderamente importante: crear un espacio de pertenencia, de horizontalidad, de confianza, de humanidad. Donde, por un rato, todos los del círculo nos olvidamos que estamos encerrados y nos sentimos en libertad.
Libro Puente lo estamos llevando adelante en el módulo V de Ezeiza junto a las personas privadas de libertad que participan de los círculos de diálogo.
Queremos crear un puente esperanzador donde ambas orillas construyan ese reconocimiento que todo ser humano necesita: un otro que nos vea, nos escuche y confíe en nosotros.


Inventario tumbero. Inventario Mediador

Durante el encuentro en Bella Vista, en el que participaron abogados, mediadores comunitarios y prejudiciales, comunicadores, entre otros, se recibió la propuesta con un nivel de entrega total. Además de compartir lo trabajado con las personas del módulo V, co creamos un inventario propio del mundo mediador. Una manera de ponerle palabra, historia y experiencia a ese “saber hacer” compartido.
Hace ya tiempo que descubrimos que esa es una de las formas que tenemos de hackear el sistema: nadie puede apresar las palabras que nombran cómo nos sentimos, qué pensamos, qué necesitamos.
Entendemos que el desafío de este tiempo es derribar muros. Nada va a cambiar demasiado si del otro lado de la reja no se transforma la manera de mirar a un ex preso. Porque la estigmatización alimenta el círculo de violencia que, casi siempre, termina en reincidencia. Así que a través de nuestras herramientas, que solo incluyen lápiz, papel y revistas (porque no podemos ingresar tijeras ni otros objetos cortantes) nos las rebuscamos para crear.

Libro Puente es una experiencia para entrar en diálogo, a través de la palabra poética y la imagen creativa, crear imágenes sobre el contexto carcelario que despiertan ideas y emociones. Para aportar a una transición más amable para quienes, al recuperar su libertad, necesitan reconocer sus propios recursos y valores. A través de reflexiones y preguntas que van y vienen, el proyecto intenta despejar dudas y trabajar preconceptos sobre las personas presas e imaginar futuros posibles que se alejen de la cultura del descarte.
El disparador creativo del Libro Puente fue el texto de Eduardo Galeano “Inventario general del mundo” :
Arthur Bispo do Rosario fue negro, pobre, marinero, boxeador y artista por cuenta de Dios. Vivió en el manicomio de Río de Janeiro. Allí, los siete ángeles azules le transmitieron la orden divina: Dios le mandó hacer un inventario general del mundo.
Monumental era la misión encomendada. Arthur trabajó noche y día, cada día, cada noche, hasta que en el invierno de 1989, cuando estaba en plena tarea, la muerte lo agarró de los pelos y se lo llevó.
El inventario del mundo, inconcluso, estaba hecho de
chatarras,
vidrios rotos,
escobas calvas,
zapatillas caminadas,
botellas bebidas,
sábanas dormidas,
ruedas viajadas,
velas navegadas,
cartas leídas,
palabras olvidadas y
aguas llovidas.
Arthur trabajaba con basura. Porque toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer. La vida sólo latía en lo que tenía cicatrices.
Así como lo hizo Galeano, nosotros también valoramos las cicatrices, la experiencia, las marcas que van dejando nuestras decisiones. Los aprendizajes. Por eso armamos en el Módulo V el propio inventario que de manera simbólica crea imágenes sobre el contexto carcelario y la vida cotidiana de quienes hoy vivimos ahí.
Nuestro inventario está hecho de noches largas, llamadas significativas, sanciones absurdas, requisa chorra, sábanas gastadas, sartenes sin aceite, ollas agujereadas, paredes parlantes, almohadas que lloran,caras felices con almas perdidas, hornos sin pan, rejas oxidadas, cancha sin pelota, espejo sin reflejo, internos con uniforme, golpes sin motivo, pabellones cementerios, enfermedad sin remedio, lenguaje tumbero, futboleras sentimentales, celdas nostálgicas, engome reflexivo, historias contadas, ventanas sin sol y manos esposadas.

Y a partir de ese inventario cada semana nos organizamos un duplas. Una persona pregunta, la otra representa a alguno de los objetos del inventario que, personificado, responde.
Y así surgen estos diálogos que luego convertimos en imágenes. Y que, a fuerza de ganas y círculos, transformamos en color, en forma y en deseo. De ser vistos y compartidos.
Almohada que llora
— Almohada, ¿qué te hizo la vida para que llores tanto? — La vida me quita siempre lo que llego a amar. Lloro además porque acompaño a una persona privada de libertad, porque extraño a mi país, porque estoy triste y encerrada.
Lloro porque quiero estar en mi casa.
— ¿En algún momento pensaste que podés parar de llorar? — No. Siempre sé que voy a llorar. Pero sí sé que en algún momento voy a poder descansar.
— ¿Qué creés que te llevó a llorar tanto? — Las injusticias, los juegos maliciosos, las acciones que me hacen sentir que yo no valgo.
— ¿Cuáles son los momentos en los que más llorás? — Lloro mucho por las noches, cuando cierran las puertas de la celda. También lloro en los momentos de recogimiento, en el engome, en los momentos en los que el preso se encuentra consigo mismo. En mi interior lloro constantemente, estoy grande, más fuerte, pero sensible. Lloro siempre cuando veo que el preso que vive conmigo se siente excluido porque, según él, tiene otros valores y objetivos, y si bien trata de entender al mundo actual, no lo puede comprender.

Celda parlante
— ¿Por qué hablás?
— Hablo de la realidad y de la vida carcelaria. Hablo por desahogo. Me gusta que me escriban las paredes con frases buenas y malas.
— Celda, ¿te sentís importante? —Sí. Porque soy la vivienda de una persona detenida.
—¿A qué hora te gusta hablar? —De noche, cuando el preso está solo con su soledad y cuando sueña con un futuro que vendrá.
—Celda, ¿te sentís escuchada? —Sí, porque la persona se desahoga conmigo de distintas maneras: escribiendo, leyendo cartas, escuchando música, etc.
— Celda, ¿cómo te sentís en el día y en la noche?— Durante el día me siento vacía porque estoy sola, nadie habla conmigo. Durante la noche estoy un poco más acompañada.
— ¿En qué momento del día hablas más? — Generalmente a la noche, cuando las personas me cuentan sus secretos.
— Celda, ¿en qué momento te sentís triste?— También por las noches, cuando me cuentan acerca de angustias, desesperación y tristezas.
— Pared de celda, ¿por qué algunos usan tu nombre como apellido?
— Ay no sé. Pero a mi me gusta. Hay un jugador de la selección que se llama Paredes. Para mí es un orgullo.

Salimos afuera con nuestras ideas, imágenes, palabras. Construimos esa otredad. Somos vistos, leídos, pensados y sentidos. Nos volvemos a sentir parte de un mundo sin muros. Del otro lado, alguien contesta. Con su propio inventario (el de los mediadores, en de una escuela, el de una revista) y sus propios diálogos. Una manera de ponerle palabra, historia y experiencia a ese “saber hacer” compartido.




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